Sombra De La Luna (los Doce Reinos 1) - Fuyumi Ono - Fuyumifan


Traducción de la novela de Fuyumi Ono y adaptación de Eugene Woodbury, readaptada al español. Primera parte de la saga de Los doce reinos.
Sinopsis:
La estudiante de secundaria Yoko Nakajima ha llevado una vida de lo más normal; hasta que Keiki, un hombre joven de cabello dorado, le dice que deben regresar a su reino. Tras encontrarse con este misterioso hombre y ser arrastrada a un mundo desconocido, Yoko es abandonada a su suerte, contando únicamente con una espada mágica, una joya y un millón de preguntas acerca de su destino, el mundo en el que está atrapada y su desesperado deseo de volver a casa.


Todo a su alrededor estaba cubierto de una densa y amenazante oscuridad. De la profunda nada le llegó el nítido eco de una gota rompiendo la superficie del agua. Lo primero que se imaginó es que se encontraba en una cueva. Pero ella sabía que no estaba en una cueva. La oscuridad era demasiado amplia, demasiado lejana, demasiado profunda. 
Una luz rojiza apareció de pronto en la distancia. Las llamas cambiaban y giraban, adoptando nuevas formas. Comenzaron a crecer, proyectando largas sombras en la tenebrosa nada. Las sombras de una incontable horda de criaturas, que saltaban y brincaban huyendo del fuego. Monos, ratas, pájaros... Todo tipo imaginable de bestias. Aunque ninguna podría haberse encontrado en los libros, sus cuerpos eran demasiado grandes y desproporcionados, su pelaje de tonos rojos, negros y azules.
Se movían de forma frenética, alzándose y rasgando el aire con las patas delanteras. Le hizo pensar en el Carnaval, en la multitud siendo azotada por el ferviente y caótico frenesí. Pero incluso aunque las bestias parecían danzar y girar, su atención seguía centrada en
ella, el sacrificio que devorarían gozosos en el altar. 
Solo los separaban trescientos metros. Su enfurecida y hambrienta aura la golpeó como un fuerte viento. 
El monstruo a la cabeza del grupo abrió su amplia mandíbula en un aullido de júbilo. Pero ella no escuchó nada. Solo el cristalino sonido de una gota rompiendo la superficie del agua. 
Youko no podía apartar su mirada de las inquietantes sombras.
Cuando me alcancen, supo sin atisbo de duda,
me matarán. Despedazarían su cuerpo miembro a miembro y para terminar roerían sus huesos. Pero no se podía mover. No había lugar al que huir, ni forma de defenderse.
 La sangre palpitó en sus venas, rugiendo como el océano en sus oídos. En el tiempo que llevaba observando, la estampida había recorrido otros cincuenta metros. 
Youko se despertó sobresaltada. Parpadeó un par de veces para apartar el sudor que le caía sobre los ojos y respiró profundamente. 
-Un sueño... -dijo en voz alta. 
Escuchar su propia voz le confirmó que estaba despierta. No se pudo relajar hasta que estuvo segura de ello. "
Solo ha sido un sueño" se dijo otra vez. Un sueño. El mismo sueño que la atormentaba desde hacía semanas. 
Youko miró a su alrededor. Su habitación seguía tal y como la había dejado la noche anterior. Las gruesas cortinas impedían que entrara la luz del exterior. El reloj sobre la mesilla le indicó que casi era hora de levantarse. Lo hubiera hecho ya si no fuera porque su cuerpo se sentía como una pesada losa de piedra, sus brazos y piernas como si estuvieran recubiertos de cemento. 
Los sueños habían empezado hacía un mes. Al principio de todo, no veía más que una opresiva oscuridad mientras escuchaba el goteo rítmico del agua. Detenida en medio de la nada, con una dolorosa sensación de angustia creciendo en su interior, tratando desesperadamente de salir corriendo, a cualquier parte. Pero su cuerpo estaba congelado.
Hacía cinco noches, se había despertado con un grito atravesado en la garganta, aterrada por el destello rojizo y las sombras cambiantes que se acercaban de forma inexorable. Durante las tres últimas noches había empezado a distinguir los siniestros rasgos de las sombras que emergían de las llamas. 
Dos días. Les había costado dos días separarse de la oscuridad que las rodeaba y mostrar su monstruosa apariencia. 
Recogió su vieja muñeca de trapo y la abrazó contra su pecho.  "
Estaban tan cerca." 
En un mes habían cruzado toda la distancia desde el horizonte. Puede que al día siguiente, o el día de después, ya estuvieran sobre su garganta. ¿Qué haría entonces?
Youko sacudió la cabeza. "
Solo es un sueño."
Incluso aunque siguiera soñando lo mismo durante otro mes, o incluso más, no dejaba de ser un sueño. Pero saber aquello no calmaba el miedo que sentía en su interior. Su pulso se aceleró y sus latidos retumbaron en sus oídos. Con un nudo en la garganta, se aferró a la muñeca de trapo como si fuera su propia vida. 
Pero no importaba lo mal que fueran las cosas, debía seguir con su rutina diaria. Por ello, se arrastró fuera de la cama, se puso su uniforme y bajó las escaleras. Se detuvo un momento a lavarse la cara antes de entrar en la cocina. 
     -Buenos días.
Su madre estaba junto al fregadero, preparando el desayuno.
     -¿Ya te has levantado? -la recibió, dirigiéndole una mirada por encima de su hombro. 
Al momento un gesto de disgusto cruzó el rostro de su madre. 
     -Se te está volviendo a poner rojo. 
Por un momento Youko no tuvo ni idea de a qué se refería. Hasta que se dio cuenta y apartó apresuradamente el pelo de su cara. Normalmente se hacía una trenza antes de bajar a la cocina. Pero lo había cepillado la noche anterior y se había olvidado completamente de volver a trenzarlo. 
     -¿Por qué no te lo tiñes? Solo para ver cómo queda. 
Ella negó con la cabeza. Su pelo le acarició las mejillas. Su melena siempre había sido demasiado castaña para una japonesa. Y la exposición al sol y el agua habían aclarado todavía más su color. El pelo le llegaba ahora hasta la mitad de la espalda, y las puntas eran tan pálidas que casi parecían rosas. 
     -Tal vez si te lo cortaras un poco... -la presionó su madre. 
Youko no contestó. Inclinó la cabeza, separando rápidamente su melena en tres mechones. Trenzarlo hacía que de alguna manera pareciera más oscuro. 
     -Me pregunto de qué rama de la familia lo habrás sacado. -musitó su madre con un apagado suspiro.- Sabes, tu profesor me preguntó lo mismo. Incluso quiso saber si eras adoptada. ¡Imagínatelo! Él también piensa que sería una buena idea que te lo tiñeras. 
     -Teñirse el pelo va contra las normas de la escuela. -respondió Youko. 
Su madre volvió su atención al café. 
     -Entonces córtatelo. Al menos lo suficiente para que no llame tanto la atención. -dijo con gravedad.- Lo más importante para una chica es su reputación. Las chicas no deben llamar la atención, ni dar razones a los demás para que cuestionen su estilo de vida. No quiero que te ocurra eso, es lo único que digo.  
Se quedó mirando fijamente la mesa de la cocina, sin saber qué responder. 
     -Ya sabes cómo la gente se queda mirando tu pelo y se hacen preguntas. Pasa por la peluquería hoy antes de volver a casa y deja que te lo corten. Ahora te doy el dinero.
Youko emitió un sordo gruñido.
     -¿Me has oído?
     -Sí. 
Miró por la ventana, el gris pálido del cielo iba iluminándose conforme salía el sol. Estaban a mediados de febrero y la temperatura era fría, dura y cruel. 

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