Querido Jefe Narciso - Meriiii


*Historia ganadora de los WOWAwards 2017*

-¿Has infringido alguna norma desde que trabajas aquí? - preguntó él, deteniendo mi plan de huida.

-No.

-¿Por qué no? -rio, mostrando aquellos dientes tan blancos y tan perfectos.

-Porque no.

Narciso se levantó, rodeó su escritorio teñido de blanco y reposó su trasero sobre él, con una pierna sobre la otra, mirándome como si fuera algo insignificante a través de aquel par de ojos azules.

-Infringe una. Ahora.

-¿Por qué iba a hacer eso? -me alarmé, aunque sopesaba ideas.

-Porque quieres hacerlo.

-¿El qué?

Sonrió y supe que era la sonrisa más bonita del mundo, tal vez porque él quería que así fuera.

-Bésame.

Narciso, el hombre más arrogante y ególatra que había conocido, me acababa de decir que le besara.

Allí, en aquel preciso instante.

-Besa a tu jefe y rompe las normas.


Segundo intento. Wattpad, no me la borres que me van a salir arrugas por cada palabra que escriba y te voy a pasar la factura del cirujano
plástico
.
Sabía que no había sido buena idea ir a la entrevista justo aquel martes.
Es decir, era martes trece, un gato negro había pasado por delante de la puerta del edificio en el que vivía desde hacía dos meses, y, al subir por aquella escalera con mi bloc de dibujo bajo el brazo, el tacón de siete centímetros de mi pie izquierdo se había partido, mientras una horrible tormenta amenazaba con perdurar todo el día y parte de la noche.
Estaba sentada en aquel sillón de piel, mirando todo a mi alrededor, con el obviamente mojado bloc sobre las piernas, haciendo una mueca con mi boca mientras me colocaba las gafas redondeadas, que se suponía que debían favorecer a mi rostro abultado y sin ningún tipo de ángulos, esperando a que el dueño de aquella empresa se dignara a aparecer después de veintitrés minutos de retraso.
Siempre me había imaginado trabajando allí, en aquella empresa fundada en 1899 por una de las mayores figuras en el mundo de la moda, junto a un selecto grupo de cinco personas elegidas de entre los mejores de todo el mundo en su categoría, cuyos diseños vestían desde modelos de las más prestigiosas pasarelas de moda hasta algún que otro miembro de la realeza europea, y todos con la exclusiva firma y el anhelado reconocimiento de cada uno de aquellos Selectos impreso en la etiqueta cosida a mano bajo el pomposo nombre de la marca,
Laboureche
. Y yo, Marie Agathe Tailler, iba a ser uno de ellos, costara lo que costase.
El director de la empresa, Narcisse Lauboureche, me había prometido una entrevista después de que, al haberse declarado una plaza entre los Selectos tras la jubilación de uno de ellos, hubiera enviado mi currículum junto a la carta de recomendación del Fashion Institute of Technology de Nueva York, donde había estudiado los últimos cuatro años de mi vida, y eso me había hecho inmensamente feliz.
Y esa misma felicidad, que ahora calificaría de alegría momentánea, se había visto truncada en el mismo momento en el que descubrí que la entrevista caía en martes trece, que había un gato negro merodeando por los alrededores del edificio en el que vivía y en que iba a suceder la mayor tormenta en años aquel mismo día. Lo del tacón se añadió después, como si el universo me estuviera gritando que estaba haciendo el ridículo intentando ganarme un puesto allí, con un solo hueco cubierto en el currículum en el apartado de "experiencia laboral" como ayudante de costura en la tienda de aquella vieja amiga de mi madre en París, mi ciudad de acogida, y con mi único encanto escondido en mi tímida sonrisa.
Me erguí en mi asiento cuando oí la puerta abrirse, con la mirada fija en aquel escritorio de patas de aluminio resistente y soporte de un limpísimo cristal, sobre el que se sostenía aquel cartel plateado en el que estaba inscrito el nombre de Narcisse Laboureche, justo al lado del gran ordenador de sobremesa y a la derecha del lapicero que guardaba celosamente aquella pluma bañada en oro blanco y de decoración elitista.
—¿Señorita Tailler? —acertó a decir la voz cascada de un hombre, a la vez que el ruido de sus lentos pasos y de su bastón al chocar contra el suelo hacía eco en la luminosa y moderna estancia donde hacía, exactamente, veintiséis minutos que estaba esperando.
Me levanté cuando el hombre de cabellos blancos y gesto triste en su rostro arrugado y manchado por la edad se paró frente a mí, escrutándome con aquel par de ojos pequeños y de un tono verde desgastado tras las gruesas gafas de pasta rojas, excéntricas y modernas, a juego con su corbata y sus zapatos de cordones.
Le tendí la mano cordialmente, totalmente embriagada por aquella sensación de devoción hacia aquel hombre, aguantando a duras penas con una mano mi bloc de DIN A3 lleno de bocetos, manteniendo mi forzada sonrisa hacia él.

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