Noches Sin Respuesta. - Echvairic


¿Quién no ha sentido que su sentir se manifiesta de noche?

Más allá de pasiones y deseos, el amor es un tema del cual se puede hablar mucho aún cuando poco es lo que se sabe; y siendo sincero, no creo que haya alguien que, de manera acertada, sepa mucho sobre el amor.

Es un tema que a mi parecer, da mucho contenido a lo trágico y a la desdicha.

Amor, tragedia y desdicha; palabras bien conocidas y que de seguro definen muy bien aquello a lo que de mi pensar, vuelvo escrito y paso a llamar poesía.

La noche mi más grande musa.

Ella inspira el relato que, en mi delirio de poeta, a continuación les comparto.


Me pregunto qué de cuerdo tiene aquel que en su búsqueda de respuestas a preguntas que él mismo se hizo, no hace más que hallar una pregunta más en cada posible respuesta. 
¿Puede acaso tener respuestas aquel que efectúa preguntas sin delimitar el alcance de sus dudas?
Esa fue mi respuesta a la pregunta primordial sobre lo cuerdo de aquel sujeto, una que no responde algo, pero que hace preguntar muchas otras cosas.
Y es que, aquel hombre se preguntaba tantas cosas a la vez que era imposible tratar de tomarse un momento para esclarecer alguna de sus dudas.
Acciones sin sentido parecía ser que él cometía, poco sabría yo entonces, que la noche le acometía.
Redondeando con su dedo índice un mechón de su cabello; como si de su alma se tratara, él se preguntaba cuántas veces por causa de la pena, no postró por más tiempo su mirada sobre aquella dama; aquella que en aquel momento, en ese entonces, era aún posible de mirar para su vista; vista de unos ojos ahora tristes, tristes en ese entonces.
Dejaba su mechón a un lado y con la otra mano se cubría el rostro, para preguntarse en tono de lamento, cuánto habría pasado desde la última vez que sin querer, llegó a querer tanto algo.
Negando una y otra vez con la cabeza, moviéndola de un lado a otro y, con un poco más de tragedia en su voz, se preguntaba, cuántas otras veces la suerte, la vida, la buena fortuna o el destino, le otorgarían la dicha de poder volverla a ver.
Con la respiración acelerada y la voz entrecortada; se formulaba la incógnita de cómo haría para poder siquiera dirigirle la palabra a aquella, a ella; esto claro, si es que acaso la respuesta a la pregunta anterior a esta, jugaba en favor de su dicha.
Devastado, o así se le veía en sus ojos por detrás de la capa acuosa de lágrimas que en ellos trataba de sostener, se preguntaba cuántas veces esa misma noche, le habría mencionado al silencio que la amaba; y... vaya que fueron muchas, porque entre preguntas y dudas, era lo único que con certeza mencionaba.
Ya con las lágrimas bajando por todo su rostro, después de tanto contenerlas, se preguntaba cuántas de esas veces en las que el amor se pronunció entre sus labios; aquella, la tan amada; ella, la tan ansiada; habría siquiera sentido que era amada por alguien con tanto desenfreno en ese mismo instante, en esa misma noche.
Se preguntó si alguna vez podría robarle, a lo menos, un suspiro, a aquella que de seguro, le robaría más que una noche de sueño.
La noche solo pasaba,
En la noche sólo dormía;
Y en la noche de las preguntas,
Ella, la amada, se despedía;
Su amor en secreto  guardaba,
Y esa noche al cielo gritaría;
A alguien que no escuchaba,
A aquella que no vivía;
A ella que no esperaba,
Que otro alguien la amaría.
Se preguntó en la noche de ayer, se pregunta en la noche de hoy, y se preguntará en la noche de mañana; hasta que la mañana llegue.
Las mismas preguntas que en todas esas noches,
y en todas esas lunas;
Con dudas a derroche,
no hallaba respuesta alguna.
Así pasaban las noches,
Así llegaban los días;
Y ahogándose entre reproches,
Ni siquiera el sol le respondía.
Con el único sosiego que le brindaba el sueño,
Dejaba de hacer preguntas sólo cuando dormía;
Y en los pocos momentos en los que la duda no era su dueño,
Sólo solía pensar, si en algún momento ella, aquella, entonces lo sabría.
Aquella que sintió tan cercana;
Ella misma, la que se pierde en la lejanía.
Su final no llegó con broche,
E igual por broches él no vivía;
La muerte sin avisar se presentó una noche,
Y él, sin preguntar, con ella se marcharía.
Su amor nunca manifestó,
De su amor nadie más se enteraría;
Su amor con él sepultó,
Ese amor ya no existiría;
Pero en la muerte vivió,
Entre penumbra y estrellas,
Vivió por ella, y aquella;
Por las que en vida moría.
Así la noche pasó,
Y así no llegó hasta el día.

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