La Leyenda Astral(completa) - ℳᎪvℐ ЅℐᏞvᎬᏒ


Keira Kinsley es una princesa con un legado que se está esfumando ante sus ojos, gracias a que el hombre más odiado del universo es su padrastro, Armen. Una joven tenaz, decidida y hermosa, encerrada y dominada en su propio palacio.

Es el año 1219, la Tierra ha sido honrada por el Consejo Astral, se le concedió un don distinto a cinco jóvenes. Se convertirán en los guardianes y su cometido será proteger a sus habitantes de cualquier peligro, pero una maldad imparable se cierne sobre la Tierra, está bajo el mandato de un ser despiadado y ruin al que lo único que le importa es el poder, Armen; y no le importará conseguirlo sea cual sea su coste.

Keira se revelará y buscará la manera de acabar con Armen, con la ayuda de Rowen Hamilton, el futuro emperador de Marte. Un joven apuesto y teaz, con un peso sobre sus hombros. Rowen tiene los días contados por Armen, su planeta está siendo destruido por un arma biológica en forma de virus letal que ha acabado con un tercio de la población.

Se unirá a Keira Kinsley, la tercera guardiana, con una misión entre manos: reunir a los guardianes y encontrar a Violet Prinston,la última guardiana. La única persona de nuestra galaxia capaz de derrotar a Armen, oculta y con un paradero desconocido.

¿Conseguirán Keira y Rowen encontrar a los guardianes? Y lo que es más importante... ¿Conseguirán salvar al universo de las garras de Armen?

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Escondida entre las estrellas, bajo el oscuro manto que tiñe el espacio, destacaba una nave colosal revestida de un plateado reluciente. Solo unos pocos afortunados conocían los entresijos de aquella nave laberíntica llamada el Corazón de Andromeda. La nave estaba capitaneada por consejo astral y sus discípulos: Los infinitos; también conocidos como el consejo astral, ellos eran responsables de la seguridad y el orden de todo el espacio sideral. El consejo astral se reunió para debatir el destino de aquellos planetas que participaron en una guerra que duró más de cien años.
Los planetas aliados que consiguieron acabar con esa guerra fueron obsequiados, mientras que los planetas que iniciaron la guerra fueron malditos.
—Me inclino ante vosotros, hermanos —saludó un enano de color azul y pelo largo blanquecino.
Vestía una túnica blanca que llegaba hasta el suelo con capucha, como todos los miembros del consejo. Inclinó su cabeza y tomó asiento en una mesa redonda de color blanco.
La habitación era totalmente blanca, incluso el suelo. No había ventanas ni esquinas.
—Nos inclinamos ante ti, hermano —le respondieron el resto de miembros al unísono mientras inclinaban la cabeza.
—Mis queridos hermanos, mis queridos infinitos. Se abre nuestra sesión sobre los países aliados, y tengo que deciros que ya he tomado una decisión —los miembros del consejo miraron al enano azul, todos los presentes respetaban sus decisiones, excepto uno de ellos. Armen, un joven que aún no formaba parte del consejo. Simplemente era un aprendiz—. A cada uno de los cinco planetas aliados se les dará un obsequio. En cada uno de ellos serán bendecidos cinco jóvenes, los guardianes de los poderes elementales: fuego, aire, agua y tierra. El quinto poder será el de la mente. Todos ellos fortalecerán la defensa y el crecimiento de sus planetas. Su poder será hereditario y desaparecerá de sus cuerpos en el instante en que nazca un progenitor.
Al joven Armen no le importaban esos debates, tan solo le importaba el poder y la inmortalidad. Cada miembro del consejo tenía su vida ligada a la vida de una estrella, podían vivir millones de años. Aunque conseguir formar parte del consejo era casi imposible. Se podía conseguir de dos modos: de manera hereditaria o ser dueño y señor de tantos planetas que el propio consejo se vea obligado a prolongar su vida para que pueda velar por la seguridad de sus planetas.
Todos los miembros aplaudieron la idea del enano anciano.
—A continuación diré el nombre de los planetas aliados -dijo una mujer de facciones muy marcadas y los ojos de color negro—. Kastia, Andros, El Zex, Titán y La Tierra.
—Así sea pues, que a cada planeta se le conceda su presente. Así sea -anunció el enano. Todos lo repitieron al unísono: Así sea.
El enano se levantó y se marchó. Armen fue en su busca.
—Jeral, quiero que hablemos -debería ser una petición, pero sonó a un mandato. El enano se volteó y miró a Armen.
—Muchacho no olvides que soy el miembro más anciano de este consejo y por ello me merezco un respeto. No debes llamarme por mi nombre.
—Quiero ser parte del consejo, quiero ser inmortal.
—La inmortalidad no es un regalo, es responsabilidad —le explicó Jeral, con una mirada cansada.
—Es mío por derecho —replicó Armen.
El enano se negaba a seguir escuchando. Sin embargo, antes de empezar a caminar dijo: —Nada es de nadie por derecho.
Armen no iba a irse con las manos vacías, su respiración se volvió acelerada y su cuerpo empezó a cambiar. De sus dedos aparecieron unas garras tan afiladas y largas como las de un cuchillo, su piel se volvió escamosa y su tez se tiñó de color rojo. Su cuerpo se empezó a ensanchar rompiendo la túnica blanca y sus ojos se empequeñecieron. El enano lo miró a los ojos sin temor, en ellos podía ver la oscuridad y sentir el frío más insoportable.
Armen agarró al enano y le clavó las garras por la espalda. La sangre tiñó la túnica de negro y manchó el suelo creando un charco cada vez más grande. El enano dejó escapar un gemido y su respiración se entrecortó.
—Serás inmortal, pero aún puedes sentir el dolor -murmuró Armen con una voz grave—. Vivirás para ver como me adueño de tantos planetas que tú mismo té verás obligado a hacerme formar parte de este maldito consejo.
Armen sacó sus garras del cuerpo del enano y dejó que se desplomara en el suelo. Los miembros del consejo que vieron la escena corrieron a socorrer al anciano. Uno de los miembros del consejo, puso una mano sobre el hombro de Armen. Media unos tres metros de altura y la túnica no podía disimular su desarrollada musculatura.
—Dejad a mi hijo que se vaya, por favor -suplicó el enano, tirado en el suelo. Armen se libró de la mano de aquel gorila con una sacudida y siguió su camino sin mirar atrás—. No le hagáis daño...
El enano sintió como sus párpados pesaban y poco a poco, sin quererlo, se iba quedando dormido. Los miembros del consejo obedecieron a su líder, dejaron marchar a Armen y no tomaron represarías, pero juraron en silencio que algún día habría consecuencias.

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