La Ladrona - A Demon In The Body Of An Angel.


Dígame, ¿alguna vez se ha interesado por la vida de alguna de sus víctimas?

Angie, sí.


Tras la muerte de su padre, Angie no tuvo más remedio que sacar a su familia adelante ella sola siguiendo sus mismos pasos como ladrón profesional.

Lamentablemente, la crisis tampoco la ayudó. Los beneficios de la población activa disminuyeron, al igual que lo hicieron los de Angie, quien apenas tenía para alimentarse una vez al día.

Tras bastante tiempo estudiando la casa del hombre más rico de la ciudad en la que ella vive, Angie decide ir a por su caja fuerte.

Sin embargo, encuentra algo, o más bien dicho, alguien, que ella no esperaba.


[FINALIZADA]


Cada día se hacía más duro mi trabajo. Con la crisis cada vez había menos gente con suficiente dinero como para renunciar a cualquier vida monótona. Casi habían desaparecido todos los millonarios borrachos que vivían por la zona noroeste.
Mi padre decía que cuando yo fuese mayor, podría haber incluso edificios de oro los cuales contenías dinero para dar de comer a un país entero.
Aunque claro, mi padre decía tantas cosas...
Echaba de menos entrar en una casa y tener a alguien que vigilase mi retaguardia. Ahora había de ser más cautelosa que nunca, ya que por entonces, esa persona estaba muerta.
Desde que llegaron las alarmas y los sensores de movimiento, mi trabajo había ido empeorando.
Antes era entrar, robar y el dueño del dinero aún tenía muchísimo por gastar o ser robado. Sin embargo, en los tiempos que corrían, habías de elaborar planes y estudiar al máximo cada detalle de tu víctima. Eso, en parte, era bueno: aumentaba mi desarrollo intelectual, sobre todo en cuanto a calcular tiempo y distancia, mi capacidad para relacionar algo con lo otro, y mi resistencia física.
Llevaba estudiando varias semanas la casa del hombre más rico de esta asquerosa ciudad.
Me hice pasar por Sandra Anderson, una mujer de 27 años que venía de parte de la compañía de su seguro de hogar. No creí que fuera tan estúpido como para aceptar traerme un vaso de agua mientras estaba en la habitación de la caja fuerte, pues era la excusa más típica de la historia. Logré fotografiar toda la habitación en menos de cinco segundos.
Días después, me encontraba en el tejado del edificio de en frente. A través de mis binoculares, logré ver lo que esperaba. Láseres.
Tenía tanto dinero que seguramente quería darse el capricho de ser como los hombres que salen en las películas: esos que tienen láseres hasta en el último centímetro de la sala.
Por suerte para mí, eso era un pasatiempo. Llevaba esquivando láseres toda mi vida. Había llegado a esquivar hasta balas de policías en plena persecución con el tobillo roto y media cara ensangrentada.
En fin. Basta de análisis.
Había llegado el momento de ir a por esa caja fuerte.

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