La Hija Del Minero - Pilar Lepe


Blossom Moore es la única hija de un acaudalado terrateniente, poseedor de varias minas en la región de Cornualles. Su padre desea a toda costa verla casada con un lord de buen título, ya que es lo único que no posee en la vida: linaje.
Sin embargo, Blossom, una joven que tiene ideas propias, en lo último que piensa es en darle gusto a la ambición y arribismo que impulsan a sus padres a lanzarla a los brazos de cualquiera que posea un título.
Al conocer a Adrian Baker, maquinará la forma de burlarse de su padre, sin considerar que el burlador puede salir burlado.


La mansión Moore estaba rebosando de gente. A la mayoría Blossom no la conocía, y ella a pesar de tener un carácter vivaz no le atraía para nada formar parte de los planes de sus padres. Así que, escondida detrás de una ventana, acompañada de su prima y mejor amiga, se divertía observando los carruajes que se detenían frente a la puerta.
-No entiendo, Blo, por qué te parece tan mala la idea de tío Henry. Con un Lord estaría tu vida asegurada de por vida.
-¡Ya lo está, Ada! Cuando mis padres ya no estén no habrá nadie con quien pelear la fortuna. Hija única, de padres que a su vez fueron hijos únicos.
-Lo sé, prima, pero, ¿no te llama ni un poco la atención de cómo será la vida de los nobles?
-Ni un poco... ¡Oh, mira, está lloviendo!
De pronto todos comenzaron a correr hacia la puerta de entrada. Si no se daban prisa, pronto sus peinados, vestidos y sombreros se arruinarían.
Blossom reía con burla de la situación, cuando de pronto algo la distrajo: un hombre alto corrió detrás de una mujer mayor para cubrir su cabeza con un paraguas. La chica corrió a tirar del cordón para que viniera un sirviente.
-¿Qué pasa, Blo?
-Nada... Es decir, después te cuento. Ahora déjame sola.
-¿Estás segura?
-Prometo que luego te cuento.
Blossom le dio un beso rápido a su prima, y después la tomó de los hombros para empujarla hacia la puerta.
Adrian había corrido detrás de la señora Forester para protegerla de la lluvia con su propio paraguas. La señora ya tenía sus años, y por propia experiencia con su abuela ya fallecida, sabía que no sería bueno para ella pescar un resfrío. El minero tenía una mansión preciosa, pero con un acceso horrible, los carruajes no podían llegar hasta la entrada, así que debían caminar varios metros hasta la puerta.
El mayordomo entró a la habitación, y de inmediato Blossom lo llevó hasta la ventana, gracias a que el sendero era un poco largo, aún se podía ver la gente antes de que entrara a la casa.
-Harris, ¿ve a ese hombre? ¿El del paraguas?
-Sí, señorita.
-¿Sabe quién es?
-No, señorita.
-Vaya, y traígalo inmediatamente. Necesito hablar con él.
-Pero, su padre la ha estado buscando para que se integre a la fiesta.
-Eso puede esperar, ahora me urge hablar con aquel hombre. ¡Vaya, antes que se marche!
Harris se marchó preguntándose qué loca idea se le habría ocurrido a la señorita Moore. Seguramente alguna que a su padre no le gustaría mucho, sin embargo, eso lo hizo sonreír, admiraba a esa chiquilla traviesa. Era como la hija que le habría gustado tener si alguna vez hubiera sido padre.
Blossom se paseó impaciente esperando al desconocido. Seguramente Harris, muy apegado al protocolo, lo había hecho entrar por la puerta de servicio, y eso implicaba un rodeo bastante grande. No sabía por qué su padre se empecinaba en hacer las fiestas en la costa, si Londres era más práctico. Ella adoraba esa casa, pero comprendía que era algo incómoda para los invitados.
Un golpe leve en la puerta la sacó de sus cavilaciones.
-¡Entre!
Cuando Harris hizo pasar al desconocido, Blossom se quedó sin aliento, y le costó guardar la compostura. Hasta ahora nunca había tenido intimidad con ningún hombre, ni siquiera la habían besado, pero pudo imaginar fácilmente lo que se sentiría en tales circunstancias, con aquellos brazos rodeando su cuerpo, y aquel torso inclinado sobre ella, y...
-Buenas tardes.
Para no continuar por el mal camino que la estaban llevando sus pensamientos, decidió concentrarse en lo evidente: tenía ante sí a un hombre extremadamente opuesto, tanto que debía estar prohibido que los hombres pudieran ser tan hermosos... ¡No, otra vez no! Poseía garbo, a pesar de las ropas mojadas, el cabello despeinado, y las botas sucias. Sí, seguramente era un lacayo muy codiciado.
Blossom caminó en circulo alrededor de él, para poder admirarlo por todos los flancos, casi igual que si fuera un pura sangre, solo le faltó mirar sus dientes. Luego le hizo un gesto a Harris para que se marchara, el hombre la miró dudoso, pero la mirada severa de la joven lo convenció de acatar la orden.
-¿Cómo se llama?
El hombre la miró confundido.
-¡Su nombre!
-Adrian Baker, milady. -Adrian decidió seguirle el juego.
-Señor Baker, ¿su padre era panadero?
-Hace dos generaciones atrás, milady.
-No tenemos título. Señorita Moore bastará.
-Sí, señorita.
-Señor Baker, le pagaré mil libras si se hace pasar usted por un conde.
-¿Mil libras, señorita?
-Creo que para un lacayo es una fortuna.
¿Lacayo?
-¿Le puedo preguntar por qué quiere hacer tal cosa, señorita?
-Necesito darle una lección a mis padres.
Adrian observó a la joven que tenía enfrente. Era casi una niña, al menos es lo que parecía. Sus ojos eran inteligentes, curiosos, decididos. No tenía muchas curvas, pero el conjunto que hacía con su rostro, y su cabello casi rojo, lograban una mezcla que hizo temblar su entrepierna. Ahora, el dilema era decirle quién era o seguirle el juego para descubrir hasta dónde los podría llevar aquella mentira.
-¿No será una lección demasiado dura?
-No, señor Baker, si los conociera me entendería... Y bien, ¿le interesa o no? Serán las mil libras más fáciles que podría ganar alguien.
-¿Por cuánto tiempo sería?
¿Por qué de pronto se sintió cuestionada?
-Solo unos días, un par de semanas a los sumo. Mi padre querrá invitarlo a otras reuniones para conocerlo.
-¿Qué condado sugiere que use como mi hogar?
-Lo dejo por completo a su imaginación.
Blossom levantó la cabeza para mirarlo a los ojos.
Adrian sintió como se le erizaba el vello del cuello. Un escalofrío recorrió su espalda, y un vacío se asentó en su estómago. Esa mujer no tenía idea que podía ejercer su poder sobre cualquier hombre, y quizás solo moviendo sus pestañas. Lo haría. Lo haría solo por el placer de estar cerca de ella por unos cuantos días.
-Acepto.

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