Cuaderno Agridulce - Sler


Si estas historias no te dejan sediento, no sé qué lo hará.
Cada capítulo es un corto terminado. Iré actualizando con historias escritas individualmente, o bien colaboraciones con algún otro escritor. Puede variar de romance a fantasía, de comedia a terror, de agrio a dulce.


Esta mañana ha estado lloviendo, después de tantos meses de desértico verano. La lluvia suele calmarme, siento que el cielo se desahoga del mal que le causa los humanos. Siento que al fin llora.
El neblinoso ambiente me inspira a escribir suspenso y misterio, así que os contaré una historia reciente, de un lugar muy lejano al vuestro.
Pero no del mío.
Trata de un chico cuya ignorancia podría haber cambiado su mundo.
Se sentía una estrella en aquel mar de cuerpos celestes.
─────── · · ·
Desde que había dado con aquella fotografía, el corazón de Vante se había detenido para volver a latir en nuevas melodías.
En la imagen aparecía el rostro de un joven. Vante observó con atención.
Había algo fuera de lo normal en su mirada. Los ojos, a pesar de ser blanco y negro como el resto de la fotografía, parecían añadir un nuevo color al arcoiris. Un color agrio y melancólico.
Vante se llevó con lentitud una mano a los labios, extasiado. Se había enamorado de un hombre sin nombre, inmortalizado en una fotografía, atrapado en el tiempo.
Había olvidado por un momento dónde se encontraba. Vante levantó la vista y, de pronto, el silencio de la biblioteca le resultó insoportable.
Cerró el libro con cuidado, entre cuyas hojas había encontrado la bella fotografía. Se despidió de él y lo puso sobre la estantería. Dio un paso hacia atrás y se alejó del lugar con vacilación.
Su respiración seguía agitada. El pecho de Vante subía y bajaba, parecía que no encontraba la manera de tranquilizarse.
Al pasar por delante del bibliotecario, temió que escuchara sus alocados latidos. Pero no le prestó ni la menor atención a Vante, seguía concentrado resolviendo su libreta de sudokus.
Aligeró el paso y atravesó la puerta.
Un gélido soplo de viento silvó en los oídos de Vante, antes de que este se pusiera la capucha.
Se había llevado consigo la fotografía.
Metió las manos en sus bolsillos y, en uno de ellos, tocó la punta de la foto. Agachó un poco la cabeza, haciendo que su cabello blanco tapara parte de sus ojos. Se le escapó una sonrisa.
─────── · · ·
Decidió no sacar la fotografía hasta llegar a casa. Subió los escalones de tres en tres, estirando sus largas piernas. El edificio carecía de ascensor y vivía en el séptimo piso.
Cuando por fin logró llegar, se desplomó en el anticuado sofá y respiró hondo. Examinó la fotografía. Parecía extremadamente frágil, a pesar de tener un grosor interesante... y era liso como una placa de metal. ¿Qué clase de material era ese?
Cuando miraba al joven de la foto, no podía articular palabra. Vante se quedaba anonadado. Le dio la vuelta a la fotografía y lo dejó sobre la mesa. Se pellizcó el puente de la nariz y cerró los ojos. ¿Había perdido la maldita cabeza? Aquello no era normal.
Decidió aporrear la puerta de su vecino. Este la abrió y asomó su cara redonda y llena de espinillas, parecía estar siempre de mal humor. Vante pensó que tal vez le alegraría, le enseñó la fotografía. Deseaba ver su reacción.
Su vecino separó mucho los párpados y arrugó su rostro, como si hubiera olido algo inmundo, como si hubiera tragado mierda.
Le pegó un grito a Vante para que se largara y le cerró la puerta en las narices.
Vante agradeció sus reflejos.
Dio media vuelta y volvió a su apartamento. Estaba más interesado que asustado. Volvió a examinar la fotografía, por si se le había pasado algo raro en alto.
Y nuevamente quedó fascinado. Nunca había conocido un ser tan espléndido, tanto que le hacía cuestionarse su orientación sexual inicial. Pero todo eso dejó de tener importancia, su prioridad era saber más acerca del joven de la fotografía. Vante se levantó de un salto. Tenía tantas dudas... ¿Por qué su vecino se había espantado tanto al verlo? ¿Qué nombre tendría el chico de la imagen? Quería conocerlo todo de él. Sus sueños y sus temores.
Vante se sentiría el hombre más afortunado si pudiera estrecharlo en sus brazos cuando se sintiera solo y compartir alegrías con él. Ansiaba hacerle más fotografías desde distintos ángulos, observarlo más de cerca, rozarlo, tocarlo, besarlo...
La mano de Vante tembló y su cara se volvió del color de un tomate maduro. La fotografía se tambaleó en sus manos. Y cayó.
Se estrelló contra el suelo y se hizo añicos. Vante soltó un grito, horrorizado. Intentó recoger y juntar las piezas, no sabía que podría ser tan frágil. Pero sus manos se tiñeron de gris, su sangre brotaba por los cortes que causaban los restos del cristal.
Y sí, queridos lectores.
Vante sujetaba su propio retrato, un espejo.
Su mundo entero era de tonos blanco y negro, desde su sangre hasta incluso el arcoiris. Un mundo sin sombra, en donde ni el cielo, ni los charcos de lluvia, mostraban reflejo.
Vante, el primer ser de su mundo en encontrarse con un fino espejo y ver las cosas a través de él, se había enamorado de su propio aspecto.
Nunca llegará a saberlo.

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